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EL DESPERTAR DE LA SEMILLA


El despertar de la semilla: Ceremonias agrícolas en

el centro de México Dora Sierra Carrillo


El ciclo agrícola en la época prehispánica

En todo lo que germina, crece y florece se puede observar no solo la regularidad que prevalece en la naturaleza, sino el milagro de la vida vegetal. Al brotar de la tierra oscura y abrirse por completo a la luz celeste, una planta penetra en la realidad cósmica y se convierte en la imagen del universo (Lutker, 1992, p. 179). Esta concepción estuvo profundamente arraigada en la mente y en la vida diaria y ceremonial de los pueblos mesoamericanos, quienes dotaron a la naturaleza y a su entorno de una gran sacralidad. En este contexto, las plantas más que especies botánicas, eran partícipes de la esencia divina, tenían la fuerza de un ser sobrenatural que moraba en su interior y eran la manifestación de un orden cósmico y la expresión de la energía universal. El mundo natural era concebido no solo como “la obra de los dioses, sino también como su habitáculo. Por ello, al tomar de la naturaleza lo que requiere, el hombre estaba obligado a devolver ritualmente ciertos dones en señal de gratitud y reciprocidad” (Glockner, 1996, p. 116).

La ritualidad de estos grupos, que vivieron en la gran área cultural conocida como Mesoamérica, fue una de las más expresiones elaboradas. Aquellos, basaron su sistema de siembras y cosechas, principalmente, en la agricultura de temporal. Su religiosidad estaba vinculada estrechamente a su calendario, del cual se derivaron diversas y complejas estructuras de culto.



La dualidad en la taxonomía de los pueblos mesoamericanos surgió de los dos grandes períodos que la naturaleza les brindaba: Tonalco, la temporada de secas, aridez, muerte, calor y escasez de alimentos, y Xopan, el tiempo de lluvias, de frescura, de vida, de crecimiento vegetal y, por tanto, de abundancia de alimentos que garantizaban la sobrevivencia humana. De los 18 meses que conformaban el calendario de estos pueblos, más de la mitad estaban dedicados a una serie de ceremonias, ofrendas y rituales para propiciar y celebrar la producción agrícola (Sierra, 2014). La mayor parte de las fiestas estaban centradas en el proceso de la producción agrícola y el culto a la fertilidad, cuyo referente simbólico era el paisaje. El culto a la lluvia, el maíz y la tierra expresaban elementos fundamentales de la cosmovisión prehispánica.

Los ciclos rituales transcurrían a lo largo del año solar, en estrecha relación con los ciclos climáticos y el ambiente natural. Es en estos últimos aspectos de la ritualidad, donde observamos la mayor continuidad histórica (Jarquín, 2014, p. 98). Las principales festividades dedicadas a la fertilidad de la tierra y a las viejas deidades de la lluvia, Tláloc y los Tlaloque, fueron: Etzalcualiztli, Tecuhilhuitontli, Atemoztli, Tepeílhuitl, Atlcahualo y Teotleco. Las fiestas consagradas a las cosechas eran Tozoztontli y Huey Tozoztli, en ellas se cortaban las últimas mazorcas que representaban a Centéotl , deidad del maíz, que personificaba a la mazorca, (cintli en náhuatl). El rito se hacía con gran solemnidad y los granos formaban el corazón del granero antes de servir como próximas semillas para la nueva cosecha.


En esta ocasión se ofrecían presentes y alimentos de todo tipo, primero a las madres del maíz. Centéotl, era hijo de Pilzinteuctli (Noble, Señor: dios del Sol naciente) y Xochiquetzal (Flor, Pluma de quetzal, diosa de la tierra húmeda y fértil) (Tena, 2012, pp. 155-157). Estrechamente vinculadas con él estaban las diosas femeninas que representaban el grano según su etapa de crecimiento. Xilonen, era la deidad del maíz tierno, del jilote; Chicomecóatl (siete serpiente), también era una diosa joven que encarnaba el crecimiento del cereal, igualmente llamada de los mantenimientos. En la época de los primeros elotes, esta diosa se festejaba junto con Toci, deidad madre de la tierra, mientras que en tiempos de sequía era equiparada a Ilamatecuhtli, la Señora Vieja, diosa anciana de la tierra y del barbecho.



Era el numen de las mazorcas viejas y secas (Broda, 2013, p. 56). Ceremonias agrícolas entre los actuales campesinos mexicanos Con la conquista hispana muchos de los rituales de las sociedades mesoamericanas – sobre todo los relacionados con sus antiguas deidades– tendieron a desaparecer. Sin embargo, aquellos vinculados con el cultivo de la tierra, con la agricultura de temporal, han sobrevivido a través del tiempo hasta llegar al siglo XXI, como lo constatan los numerosos testimonios etnográficos y nuestra experiencia personal en el trabajo de campo.

Tras el proceso de evangelización, originado a raíz de dicha conquista, los ritos agrícolas prehispánicos se transformaron en de cultos campesinos. La liturgia del calendario católico se estableció, principalmente, en las ciudades y en las cabeceras municipales, como se puede observar en nuestros días (Glockner, 2000, p. 76). La población nativa hizo que el dios cristiano y su amplio santoral cumplieran gradualmente las funciones de sus antiguas deidades: proporcionar la lluvia, favorecer el crecimiento de los cultivos, procurar el bienestar de los pueblos, sanar a los enfermos, cumplir favores personales. Tareas todas ellas, que no eran desconocidas por el Dios trinitario, las vírgenes y los santos.


Las prácticas rituales ancestrales se trasladaron fuera de los centros urbanos al paisaje: a los cerros, las cuevas y las milpas. Muchas de estas ceremonias y rituales se volvieron clandestinos, se alejaron de la liturgia institucional, y con paso del tiempo, se han convertido en parte fundamental de la religiosidad popular que se practica en numerosas poblaciones, sobre todo del centro de México (Jarquín, 2014, p. 98). Es importante destacar que Dios y el Diablo desembarcaron al mismo tiempo en tierras americanas. Ambos hubieron de padecer profundas modificaciones al adaptarse a los pueblos recién conquistados.


Los nuevos territorios fueron el escenario para el combate entre el bien y el mal que impregnó los diferentes aspectos de la vida humana. El núcleo donde se concentran las más diversas fases de este conflicto es en la provisión de alimentos. Dios quiere que los hombres coman, por ello envía las lluvias y los sueños con sus mensajeros para alertar a los misioneros sobre los lugares que han sido perturbados. El Diablo quiere que los hombres padezcan hambre, así que perturba los buenos temporales, desata las sequías, el granizo y las tormentas, disponiendo para ello de un ejército de “mensajeros de la oscuridad” (Glockner, 2000, pp. 70-71). La vida litúrgica de las poblaciones del México contemporáneo, sobre todo las rurales, constituye una de las características más sobresalientes de su vida comunitaria. Sus raíces se fundan en las dos tradiciones culturales: la mesoamericana, donde el calendario religioso ejercía una fuerte influencia en la vida social, política y económica; y la española, impregnada por la tradición religiosa cristiana católica que enfatizaba las formas públicas de culto como fiestas, procesiones, rituales y danzas.

En la actualidad, los tres momentos más importantes que configuran el ciclo agrícola de los pueblos del centro de nuestro país son: la preparación de la tierra, la siembra y la cosecha. En torno a ellos, los campesinos han desarrollado un sistema de ideas, creencias y saberes, que integran todo un cuerpo de conocimientos y rituales propiciatorios (peregrinaciones, plegarias, ceremonias y ofrendas) que van dirigidos a sus númenes religiosos, del presente y del pasado, para obtener suficientes y abundantes cosechas anuales y garantizar los alimentos y su sobrevivencia personal y familiar. Como ejemplo de ello presentaremos rituales agrícolas que aún se conservan en estados del centro de nuestro país.


La ceremonia agrícola de la enflorada o periconeada En el estado de Morelos, los agricultores inician sus ceremonias agrícolas en el mes de mayo, con las peregrinaciones de petición de lluvias. Para ello, se dirigen en procesión a distintos cerros, cañadas y cuevas de la entidad. Los pobladores de San Andrés de la Cal, municipio de Tepoztlán, se organizan en tres grupos y realizan un recorrido a once lugares sagrados para pedir la lluvia a los Señores del temporal. El peregrinaje lo encabezan y guían los huehuentles, quienes llevan a las cuevas chiquihuites con ofrendas de comida, flores y velas. Para participar en el ritual se debe ir en ayunas y asistir a la misa que ofrece el sacerdote, quien bendice la ofrenda.

La huehuentle Jovita dice que: Se tiene que ofrecer flores al Señor y sahumar a los santos y la ofrenda, para que el humito lleve parte del olor a las ofrendas a Dios y a los santos, porque ellos como los aires y ahuaques , sólo se comen el olor (Sierra, 2008, p. 164). Durante la caminata, pudimos observar que el huehuentle va tocando un silbato para avisar a los Señores del tiempo que la ofrenda ya va en camino. Una vez que entramos a las cuevas él deposita el chiquihuite sobre una mesa ritual cubierta con papel china de diversos colores y realiza sus oraciones en español y en náhuatl solicitando las lluvias oportunas y suficientes para sus siembras.


Una vez que son escuchados por sus deidades y empieza el temporal, semillas en mano inician la siembra, poniéndolas en el surco. Al penetrar en la tierra húmeda surge el milagro, el despertar de las semillas que se transformarán en pequeñas plantas que, al crecer, prometen el maravilloso y sagrado alimento: el maíz con el cual se elaborarán tortillas, tamales, atole y otros alimentos. A fines del mes de septiembre, los campesinos morelenses se preparan para la primera cosecha ritual. La semilla del maíz ha despertado y crecido, los tiernos elotes ya pueden comerse y son compartidos con familiares y amigos. Por ello, el día 28 se lleva a cabo la gran fiesta de la enflorada o periconeada.

Es entonces cuando colocan cruces de la planta llamada pericón, en español, o yauhtli, en náhuatl, en las cuatro esquinas y en el centro de los cultivos, en las puertas y ventanas de las casas, en los cruces de los caminos, en los comercios y hasta en los vehículos de transporte. En las poblaciones de Coatetelco y Xoxocotla se ponen hasta en las tumbas de los panteones, junto con ofrendas de comida y veladoras, para resguardar la paz de sus difuntos. Los habitantes de estas localidades consideran que sus familiares y amigos fallecidos son intermediarios entre ellos y la divinidad, de ahí el especial cuidado que les ponen para suplicarles que les ayuden en la obtención de buenas cosechas .


Los agricultores morelenses tienen la creencia de que ese día el Diablo, Demonio o Chamuco anda suelto, causando muchos males, muchos daños y destrozos en el patrimonio familiar. Las cruces, que se dejan todo el año, son como barreras protectoras contra las fuerzas del mal representadas por Lucifer; el amarillo color y fuerte olor del pericón lo repele y lo aleja. David Peñaflor, campesino de Coatetelco, nos comentó que la mayoría de los morelenses: […] el 28 de septiembre colocamos estas cruces en las puertas de nuestras casas, en las esquinas de los barrios, a las orillas del pueblo, en las iglesias y sobre todo en las milpas, para evitar que el “demonio que anda suelto es día”, se meta a nuestras casas y dañe la cosecha. Las cruces las dejamos todo el año como barrera sagrada que nos resguardará de Luzbel y sus cómplices (Sierra, 2008, pp. 135-136). Son el símbolo del bien que enarbola San Miguel arcángel, quien baja el día 29 de septiembre, enviado por Dios para defender, proteger y cuidar todo lo que esté enflorado con las cruces de pericón. Los mayordomos de la iglesia de Alpuyeca dicen que: Basándose en la Biblia, la leyenda sagrada de Cristo, dice que en el tiempo de la esclavitud de Israel en Egipto, la gente sufrió mucho y Dios le enviaba calamidades. Para saber Dios cuál era su gente creyente y se conociera, Dios mandó poner esas cruces [de pericón] para que esa gente se salvara.



Por eso las cruces se ponen en las puertas de las casas, para protegerse, porque la cruz representa lo sagrado. En los sembrados se colocan porque el día 28 de septiembre en la noche, Jesucristo le da permiso de venir a san Miguel a bendecir las cosechas. Por eso vienen a la iglesia los que siembran y traen una “promesa” en milpas, porque les fue bien en la cosecha (Ibíd., p. 137). El 18 de octubre, día de San Lucas, se lleva a cabo la segunda cosecha ritual que es llamada la acabada. Una parte del maíz se guarda, como se hacía antiguamente, estas semillas o granos se seleccionan cuidadosamente para el próximo cultivo, deben estar “limpios, gordos, sin alguna falla, recios, macizos” (Barros y Buenrostro, 1997, p. 8). La investigación personal en el trabajo de campo nos permitió, no solo participar en las ceremonias agrícolas desde la petición de lluvias, la siembra y la cosecha, sino constatar que las flores del yauhtli o pericón usadas en los rituales constituyen, además, elementos importantes de intercambio regional.


Los rituales campesinos en el altiplano hidalguense

En la mayoría de los sistemas agrícolas del estado de Hidalgo se usan caballos para trabajar la tierra. También se pueden rentar tractores para llevar a cabo las labores en el campo, de acuerdo a las posibilidades económicas de los labradores. En otras comunidades del Valle del Mezquital, todavía se puede observar el uso de bueyes para las yuntas que, según el agricultor, “son más manejables en la topografía del terreno donde no puede entrar el tractor” (Pérez, Beltrán y Hernández, 2006, p. 110). Una de las celebraciones más destacadas en la región, se realiza el 15 de mayo, la fiesta de san Isidro Labrador, santo patrono de los agricultores. En algunas poblaciones las yuntas de bueyes se adornan con collares de flores y los cuernos son pintados en plateado o dorado. A esta fiesta le llaman el día de los bueyes. En otros lugares se adornan las yuntas y los caballos con banderas. Es posible que esto sea un gesto de agradecimiento a los animales que hacen la pesada tarea de abrir el surco para la siembra.


El resto del año continúan las ceremonias: En el municipio de Apan, en los últimos días de septiembre y primeros días de octubre se celebra la “eucaristía de las espigas”, misa católica para agradecer por la cosecha levantada; en los campos se acostumbra poner un altar con los diferentes cultivos obtenidos, como maíz, cebada, calabaza o frijol. Posteriormente, en la celebración del día de muertos [en noviembre] se ofrenda el maíz ya trasformado en tortillas, tamales y atole (Ibíd., p. 111). La ritualidad agrícola entre los otomíes del Valle de Toluca Los actuales labradores de esta región han aceptado algunos de los símbolos de la religión católica.

Sin embargo, en diferentes expresiones de su religiosidad popular, podemos observar que solo adoptaron y adaptaron a sus cultos tradicionales, las nuevas deidades impuestas por el nuevo credo religioso, el cristianismo.

En la antigüedad, el ciclo agrícola otomí y matlatzinca se dividía en: la época de lluvias llamada Yn Bani, relacionada con lo femenino, lo húmedo (abarcaba de marzo a abril); y los tiempos de secas, Yn thihui, que se asociaba a los masculino (se iniciaban en noviembre y terminaban en febrero o marzo) (Jarquín, 2014, pp. 100-101). El interesante y acucioso estudio sobre la ritualidad agrícola otomí contemporánea realizado por Ma. Teresa Jarquín, relaciona el calendario católico con el prehispánico



Hace referencia a las fechas de las festividades de los santos católicos con los dos grandes momentos del ciclo agrícola. Menciona, por ejemplo, que la Semana Santa que se realiza en marzo o abril está relacionada con la veintena Huey tozoztli, Tiempo grande. La representación de la muerte de Cristo, El Santo Entierro tiene un vínculo estrecho con la fertilidad de la tierra (Ibíd., p. 102). En este tiempo: Los pueblos otomíes visitan uno de los santuarios más importantes del Valle de Toluca, el Santuario del Cristo de Chalma o del Señor de Chalma, cuya aparición se ubica en la cueva Oztotéotl, una de las deidades otomíes vinculadas con Tezcatlipoca. En la liturgia católica, esta conmemoración alude al sacrificio de Cristo; sin embargo, para la cosmovisión matlatzinca-otomí, ese sacrificio humano lo vinculan con el descenso al inframundo, a lo terrestre, probablemente con la idea de que, a partir de la inmersión de la semilla a la tierra, se espera una regeneración del cosmos y de la vida (Ibíd.).


Los diferentes rituales del ciclo agrícola que se llevan a cabo en la petición de lluvias, la siembra, el crecimiento o maduración del maíz y la cosecha, se asocian a los diversos númenes del santoral católico. No obstante, Jarquín advierte que debido a las transformaciones económicas que ha tenido la región estudiada, los campesinos han tenido que reinterpretar su propia cosmovisión.

El cambio de actividades laborales ha relegado las agrícolas. En palabras de la autora: “Las antiguas tradiciones practicadas por poblaciones agrarias se encuentran en un nuevo proceso de desarticulación y reinterpretación simbólica” (Jarquín, 2014, p. 106). Tradición y cambios entre los agricultores de Tlaxcala Podemos observar en varias entidades del país que las tradiciones agrícolas conservan los mismos patrones de cultivos y su eje de producción basado en el maíz, la calabaza, el frijol y el chile, originados hace milenios. También las costumbres religiosas mantienen las mismas fechas de las celebraciones sagradas y las formas de administrar civilmente la vida religiosa y los sistemas de control comunal de los recursos de los pueblos.


Sin embargo, como apunta Ortiz Báez […] La investigación empírica nos confirmó nuestra premisa […] inicial, que suponía que la vida en el campo, como cualquier otro espacio del acontecer humano, está llena de contradicciones, de innovaciones, de cambios paulatinos o acelerados, de avances y retrocesos (2013, p. 161). En este contexto, es importante destacar que en poblaciones tlaxcaltecas y algunos poblados de la Sierra Norte de Puebla alejados de los centros urbanos, que observamos “la preponderancia de la actividad campesina por sobre otros sectores productivos, además de la presencia- en algunos de ellos- de un componente indígena bastante significativo” (Ortíz, 2013, p. 162). El sistema de creencias de los habitantes de esta región presenta, entre otras, dos características interesantes. En primer lugar está un grupo llamado los especialistas del conocimiento que son las personas que tienen los saberes y la experiencia de los problemas agrarios y que brindan las explicaciones al respecto a los comuneros, actúan frente al campesinado como la autoridad cognitiva. La segunda tiene que ver con la creencia acerca de la buena mano para aclarar los buenos o malos resultados de la cosecha.

Esto se refiere a la parte humana, aquí no participa ninguna divinidad. Investigaciones recientes sobre el ciclo agrícola del área de Tlaxcala, señalan que en la visión antropológica de este, encontramos la pervivencia de las costumbres, mitos y la cosmovisión respectiva. En el trabajo de campo las respuestas de las personas suelen expresar los vientos de cambio. Sobre el ritual cíclico de llevar a bendecir las semillas y a los animales el dos de febrero (día de la virgen de La Candelaria), dicen que esas son creencias de los antiguos: Pues es una creencia que llevando a bendecir el maicito, Dios socorre más. Pero, pues son creencias de los abuelitos, de antaño, que llevan su maicito, llevan con todo y el romero, el ciprés a bendecir.


El papel cultural de los alimentos difiere en los distintos grupos humanos que habitan el planeta, cada sociedad les atribuye diversos valores nutritivos, rituales y de prestigio. En México, el maíz ha constituido desde tiempos ancestrales, la dieta básica de sus pobladores a lo largo y ancho del territorio nacional. En torno al ciclo agrícola de su cultivo, se han desarrollado una serie conocimientos, ritos, cultos y otras manifestaciones que practican los labradores de las áreas rurales, en especial los de raigambre indígena y, en general, los que dependen de la agricultura de temporal. Hoy como ayer, los rituales que practican los campesinos mexicanos tradicionales, están profundamente ligados a la religiosidad. Generalmente el agricultor es apto para asumir la ejecución del rito o ceremonia y aceptar las explicaciones relativas a este, consecuente con sus propias creencias.

La religiosidad popular que practican los labradores actuales, sobre todo en el centro de México, se entrecruza con la religión institucional, como sabemos, ambas responden a distintos procesos y exigencias. Las experiencias personales obtenidas en el trabajo de campo realizado en el estado de Morelos, nos permitió constatar, en primer lugar, el sustrato indígena mesoamericano que aún se observa en los ritos para propiciar la lluvia; la sacralidad que se otorga a los cerros, las cuevas, las cañadas, ríos y manantiales por ser sitios hierofánicos habitados por los espíritus o señores del temporal, del agua y del viento; y, en tercer lugar, la permanencia y convivencia en estas ceremonias de deidades prehispánicas con númenes cristianos. Por lo anterior, y otros testimonios etnográficos de distintos colegas, podemos afirmar que la meteorología campesina y los ritos agrícolas, definitivamente constituyen la parte más conservadora de la cultura indígena, lo que López Austin (1994) ha llamado el núcleo duro de la religión mesoamericana.


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